"Es que solo puedo hacerlo yo..." ¿Sabes delegar?

La mayoría de nosotros hemos oído hablar sobre la importancia de delegar, ya que es un término de moda en los últimos tiempos, y sin embargo muy pocos sabemos (o queremos) hacerlo.

Delegar significa permitir que otra persona asuma la responsabilidad sobre ciertas tareas en nuestro lugar. Y aunque eso significa liberarnos de parte de nuestra carga de trabajo, también significa ceder el control sobre esa parte, algo que no nos suele gustar. Sin embargo, cuando se hace bien, las ventajas de delegar superan a sus inconvenientes, ya que nos permite ser más eficaces y eficientes y nos ahorra estrés, tan perjudicial para nuestra salud.

Cuando hablamos de delegar solemos pensar en el trabajo, especialmente cuando tenemos un cargo de responsabilidad o llevamos nuestro propio negocio o empresa. Sin embargo, es importante saber delegar en muchos otros ámbitos de nuestra vida familiar o social. No saber delegar correctamente es la causa de muchos de nuestros conflictos.

 ¿Qué beneficios tiene delegar?

El principal beneficio de delegar consiste en que nos descargamos de una parte del trabajo. Esto nos permite concentrarnos en aquellas cosas que nos gustan más o en las que aportamos más valor o simplemente a tener más tiempo libre. También reduce el estrés al que estamos sometidos, ya que sobrecargarnos de trabajo nos genera una tensión que nos puede pasar factura (problemas musculares o posturales, hipertensión, molestias oculares, úlceras, obesidad, pérdida de cabello, insomnio…).

Nuestro estado de ánimo mejorará y con ello, probablemente, se beneficien nuestras relaciones con otras personas (compañeros, familiares, pareja, amigos…), tanto dentro de la situación en la que delegamos como fuera de ella.

Además, contribuiremos a generar un clima de colaboración beneficioso para la empresa, la familia, la pareja, el grupo de amigos… en el que todos se sentirán partícipes e importantes. Ayudaremos a otras personas a desarrollarse, a aprender nuevas habilidades y con ello mejorará su autoestima. 

¿Por qué no nos gusta delegar?

Solemos escuchar quejas, propias o ajenas, sobre cuánto trabajo tenemos que hacer o el escaso apoyo que recibimos de nuestro entorno. Sin embargo, cuando alguien sugiere la posibilidad de repartir o depositar esa tarea en otras personas, solemos escuchar los siguientes argumentos en respuesta:

  1. Es mi responsabilidad y soy yo quien tiene que encargarse. Si tú eres la persona más indicada para encargarse de esa tarea, porque es tu responsabilidad o tu especialidad, estupendo. Aunque si la cantidad de trabajo te desborda, te estresa, te impide hacer las cosas con calidad o te roba tu tiempo de ocio y descanso, es el momento de pedir “refuerzos”. Otras veces, hay otras personas que pueden hacer parte de nuestras tareas de manera más eficaz que nosotros. Podemos subcontratar especialistas que nos ayuden con ciertas tareas laborales o domésticas o pedir ayuda a nuestros compañeros, pareja o hijos para que hagan ciertas partes. En estos casos, no estás renunciando a tus responsabilidades sino gestionándolas de forma más eficaz.
  2. Yo soy la única persona que sabe hacerlo. A veces este argumento no es más que una excusa para librarnos de la incomodidad de perder el control de algo que solemos hacer personalmente. Pero otras veces sí es cierto y no hay ninguna persona en la organización, el equipo o la familia que sepa hacer esa tarea. El problema es que si yo continúo asumiendo siempre esa tarea, no doy oportunidades a otras personas de aprenderlo también. Es posible que los demás, de hecho, no quieran encargarse de ello y por eso no aprendan, pero lo que está claro es que mientras haya otro que lo hace por ellos no se molestarán en aprender.
  3. Los demás no lo hacen como yo quiero o cometen errores. La preocupación por la calidad es otro miedo frecuente que nos impide delegar. Sin embargo, de nuevo, es natural que si otras personas se encargan menos veces de esa tarea (o si saben que nosotros la reharemos por ellos) la hagan peor que nosotros, con lo que el ciclo se perpetúa. Para que otras personas aprendan a hacerlo bien, tenemos que darles la oportunidad de hacerlo por sí mismos. Eso significa que al principio se equivocarán y cometerán errores, pero con experiencia y supervisión irán aprendiendo, sobre todo si se deposita en ellos la responsabilidad sobre su tarea y las consecuencias de esta. Hecho esto, no nos quedará más remedio que aceptar que otras personas harán las cosas de forma distinta pero, aunque nos guste menos, a la larga será más eficiente y saludable para nosotros.
  4. Quiero conocer de cerca todo lo que se hace. Cuando delegamos, sentimos que perdemos información de primera mano. Esto puede ser importante cuando empezamos una nueva actividad o en ciertos momentos o situaciones críticas, pero debe ser la excepción y no la regla. Es posible que te hayas acostumbrado a estar tú pendiente de las cosas, pero una vez que todo marcha y tienes cosas más importantes que hacer debes adaptar tu forma de funcionar y delegar. Eso no significa dejar de estar informado, ya que puedes mantener conversaciones o reuniones, o pedir que te informen por email, sobre el estado de las cosas, para que puedas mantener cierto control sin tener que hacer personalmente todo el trabajo.
  5. Quiero que reconozcan que soy importante o valioso. En ocasiones, nos resistimos a delegar porque sentimos que, al hacerlo, perdemos valor, ya que aparecen otras personas capaces de reemplazarnos y ocupar nuestro lugar. O simplemente nos sentimos bien comprobando que somos imprescindibles para que todo funcione. Pese a este (falso) baño de autoestima y seguridad, tenemos que reconocer que nadie es imprescindible. Esto puede angustiarnos pero en realidad es un alivio, ya que nos permite mantenernos fuertes y avanzar con nuestra vida aunque algunas personas se puedan alejar de nosotros. Si quieres ser realmente valioso, asegúrate de utilizar todo tu potencial de forma eficiente, sin perder el tiempo y las energías en tareas que otros pueden hacer, tal vez igual o mejor que tú, y dedícate a aquello con lo que aportas más valor o disfrutas más. Si aprovechas mejor tu tiempo y ayudas a otros a crecer y a responsabilizarse aportarás mucho más valor y te sentirás más satisfecho contigo mismo.
  6. Me gusta hacerlo yo. Algunas personas disfrutan tanto de hacer las tareas laborales, domésticas, preparativos sociales, etc. que prefieren encargarse ellas personalmente. Si esto es cierto, adelante. Sin embargo, si detectas que muchas veces te encuentras cansado, agobiado, desbordado o molesto de no recibir la ayuda de los demás, es el momento de replantearte la situación. Por mucho que nos guste nuestro trabajo, cuidar de nuestra familia o nuestro hogar, preparar celebraciones o planes… descansar y tener tiempo para nosotros mismos es muy importante para nuestro bienestar. Además, cuando descansamos recuperamos fuerzas que nos ayudan a hacer nuestras tareas con más eficacia, calidad y disfrute. Hacer las cosas estando cansados, estresados o frustrados solo nos hace menos eficaces. 

¿Qué puedo hacer para delegar bien?

  1. Aprende a diferenciar en qué cosas merece más la pena que ocupes tu tiempo y de qué cosas pueden encargarse otros, aunque no lo hagan igual de bien.
  2. Plantea en positivo la tarea a la persona en quien delegas. No se lo plantees como una queja (“Estoy harto de encargarme yo de todo”) ni como una exigencia (“Este es tu trabajo, no el mío”). Plantéaselo como una colaboración, resaltando sus puntos fuertes o los beneficios de encargarse de esa tarea (p. ej., “Una persona creativa como tú puede hacerlo muy bien”, “Así vamos a conseguir organizarnos mucho mejor”, “De esta forma tendré más tiempo libre el fin de semana y podremos ir juntos al cine”).
  3. Corrige en positivo. Supervisa cada cierto tiempo el trabajo de la otra persona y pregúntale si tiene dudas o dificultades. Tan importante es corregirle y señalarle sus errores como hacerlo de forma amable. Indícale el error y la forma de hacerlo mejor la próxima vez pero no regañes, menosprecies su capacidad ni te enfades.
  4. Agradece y reconoce. El que otra persona se encargue de una tarea que antes hacías tú te ayuda a centrarte en otras cosas, a hacer mejor tus tareas o a tener más tiempo libre. Aunque creas que es “su obligación”, aprecia lo que la otra persona está haciendo, sus mejoras y progresos. Dale las gracias y hazle ver la utilidad de su esfuerzo.
  5. Disfruta de los beneficios de haber delegado. ¿Consigues centrarte en otras tareas importantes? ¿Te sientes menos estresado o más tranquilo? ¿Puedes hacer las cosas con más tranquilidad y cuidado? ¿Pasas más tiempo con tu familia o sales antes del trabajo? Aprécialo y disfrútalo, ¡es mérito tuyo!
  6. ¡Corta las quejas! Delegar supone un esfuerzo y un trabajo, sobre todo al principio, ya que tenemos que cambiar nuestra forma de funcionar. Si decides no delegar porque te sientes más cómodo o tranquilo, acepta las consecuencias de tu decisión. La queja muchas veces nos sirve para apalancarnos en ella en vez de tomar medidas para resolver la situación. Por tanto, quejarte sobre la situación solo te servirá para amargarte con algo que has decidido tú mismo que es la mejor opción.

Si te cuesta delegar o aplicar estas estrategias puedes solicitar ayuda profesional. Nuestros psicólogos harán un análisis personalizado de tu situación y te ayudarán a encontrar estrategias que sean adecuadas para tu caso particular. Por compleja que sea tu situación, siempre se pueden hacer cambios para mejorar tu calidad de vida y tu salud.


Contenidos relacionados

Suscríbete a nuestro boletín mensual