Reseña del VI Congreso del SAVECC (Sociedad para el Avance del Estudio Científico del Comportamiento)

Los pasados 5, 6 y 7 de octubre se celebró en Sevilla el VI Congreso del SAVECC (Sociedad para el Avance del Estudio Científico del Comportamiento) con la asistencia de analistas de conducta de los ámbitos básico y aplicado.

Se abordaron temas numerosos y diversos, desde modelos animales para el estudio del TDAH hasta conducta verbal y reglas, pasando por cuestiones epistemológicas y de la práctica de nuestra disciplina. Resultó particularmente interesante la mesa sobre Psicología clínica conductual integrada por miembros del grupo de investigación ACoVeO, que analizó temas complejos y de la máxima relevancia social como son los problemas psicóticos o la orientación sexual. A continuación resumimos algunas de las conferencias que nos resultaron más enriquecedoras.

 

Abordaje conductual de los problemas psicóticos

En esta comunicación se explicó que los problemas psicóticos han sido analizados desde un modelo biomédico que tiene importantes limitaciones para el estudio de las alteraciones psicológicas: considera que los comportamientos problemáticos son síntomas de una enfermedad biológica subyacente cuyas bases aún no se han encontrado (sin tener en cuenta los procesos de aprendizaje en interacción con el contexto); alimenta la falacia de la simetría del tratamiento, según la cual un problema de origen biológico solo permite un abordaje biológico (p. ej., fármacos); asume que estos problemas son crónicos y que se presentarán durante toda la vida; y emplea sistemas diagnósticos que etiquetan con el mismo nombre conjuntos de conductas que difieren entre sí (p. ej., la etiqueta esquizofrenia puede ser resultado de 217 posibilidades conductuales).

Lamentablemente este modelo biomédico es el preponderante a nivel cultural y profesional en el análisis del comportamiento psicótico, frente a un modelo alternativo, el conductual, que entiende las conductas psicóticas están mantenidas por las contingencias del ambiente del mismo modo que cualquier otro comportamiento. Los comportamientos psicóticos pueden clasificarse como excesos conductuales (alucinaciones y delirios), déficits conductuales (p. ej., apatía, alogia o anhedonia) o alteraciones conductuales (p. ej., verbalizaciones incoherentes o conducta desafiante), si bien lo más interesante es analizarlos de acuerdo con su función.

Atendiendo a esta función podríamos observar, por ejemplo, que un delirio es el resultado de la sensibilización ante la exposición de la persona a amenazas que le generan una ansiedad muy intensa y que se acumulan a lo largo del tiempo (p. ej., muerte de un familiar). Así, el delirio podría permitir evitar la exposición imprevista a estímulos muy intensos. Por su parte, las alucinaciones podrían ser resultado de un proceso de condicionamiento pavloviano de estímulos en un momento de activación elevada. A su vez, la alogia podría tener una función de evitación de los castigos de la conducta verbal atípica (esto es, los delirios y alucinaciones).

Teniendo en cuenta este planteamiento, resulta esencial realizar un análisis funcional de estos comportamientos, pues estudios metaanalíticos han mostrado que las intervenciones basadas en el análisis funcional han tenido 4 veces más efecto reduciendo las conductas problema que intervenciones que no estaban basadas en el análisis funcional.

En resumen, los problemas psicóticos son extremadamente complejos y requieren mucho esfuerzo en la investigación y en la práctica clínica para ser resueltos. Los psicólogos influidos por el modelo biomédico no ponen en práctica los mismos procesos de cambio que utilizan con otros clientes. Por ello, es indispensable realizar un análisis funcional y entender que el terapeuta y sus verbalizaciones desempeñan un proceso activo en la terapia.

 

Una visión de la orientación sexual: implicaciones terapéuticas, sociales y políticas

Nuestro compañero Víctor Estal realizó un análisis conductual de la orientación sexual y de los problemas éticos que encuentran los clínicos en consulta cuando se les plantea como demanda una modificación de la misma. Para ello, comenzó explicando que existen dos teorías explicativas: las basadas en el modelo biomédico o en el psicoanálisis, que proporcionan explicaciones internas e innatas, frente a aquellas basadas en un modelo conductual según el cual la persona aprende a comportarse en interacción con el medio. Según esta segunda concepción, cualquier comportamiento incluido la orientación sexual sería susceptible de modificación y analizable funcionalmente de acuerdo con los principios del condicionamiento clásico y operante.

Esta segunda concepción choca con las tesis del activismo actual (“I was born this way”) según el cual la orientación sexual es innata. Por este motivo, en la actualidad abordar la orientación sexual desde un modelo de aprendizaje es un tabú en Psicología clínica que impide investigar y debatir.

El activismo político ha sido responsable de grandes avances en relación al abordaje de la orientación sexual desde la clínica psicológica, pues hasta hace solo algunas décadas la homosexualidad se consideraba un trastorno mental y era tratada mediante terapia de reconversión a través técnicas aversivas. Esto cambió en 1973 cuando la homosexualidad fue eliminada del DSM. Esto constituyó un logro político y social indudable que contribuyó a que la sociedad tenga una actitud más favorable hacia este colectivo.

Sin embargo, a nivel terapéutico esta situación ha dado lugar a la preponderancia del modelo médico y a la aparición de muchas etiquetas que describen comportamientos pero no lo explican, dejando de lado posibles herramientas de intervención que puedan ser útiles para aquellas personas que sufran con respecto a su orientación sexual. Etiquetar distintas orientaciones sexuales puede ser útil para visibilizar a ciertos colectivos pero puede llevarnos a olvidar que la orientación sexual es una conducta más que funciona como un continuo.

En este punto es necesario que los terapeutas nos planteemos qué demandas debemos trabajar éticamente: cuándo debemos ayudar al cliente a aceptar su situación y cuándo a modificarla. Para ello, en primer lugar debemos entender que un problema psicológico se entiende como una conducta desadaptada para un individuo concreto en un contexto concreto. Es decir, los problemas se definen individualmente: nada es más o menos adaptativo per se, y por tanto la orientación sexual tampoco lo es. Desde la terapia psicológica los comportamientos se modifican por su función y no por su forma; no se trabaja sobre patologías ni enfermedades sino que se busca un mejor ajuste entre una persona concreta y un entorno concreto. La intervención tendrá lugar cuando las conductas del cliente le impiden alcanzar sus objetivos a medio y largo plazo.

Teniendo en cuenta lo anterior debemos ser conscientes de que la terapia no es ajena a los valores sociales y que cualquier cambio que se plantee un cliente está influido por tales valores y tiene implicaciones políticas más allá del propio individuo. Esto no es algo específico de la orientación sexual, sino que se produce también cuando decidimos cómo ayudar a una persona que está siendo maltratada por su jefe (¿debemos ayudarla a adaptarse al puesto de trabajo o a pedir apoyo sindical?) o cuando decidimos si ayudar a una mujer a perder peso por criterios ajenos a la salud (¿estamos contribuyendo a mantener ciertos cánones de belleza socialmente problemáticos?). Por todo ello, el abordaje de la orientación sexual en terapia no parece revestir de dilemas éticos cualitativamente diferentes de los que se presentan con otros comportamientos.

 

¿Son las terapias de tercera generación herederas del análisis de conducta?

En esta presentación se hizo un repaso de la trayectoria de las terapias de tercera generación y su situación actual en el marco del análisis de conducta. La primera generación se considera la fundación del análisis de conducta en los años 50; la segunda se refiere al cognitivismo (terapia cognitivo-conductual) en los años 1970; la tercera generación se origina en los años 1990 en relación a las terapias contextuales. Estas últimas surgen por un renacer de las bases teóricas del análisis de conducta gracias a las contribuciones de otras disciplinas y prestan una especial atención al aprendizaje asociativo y al estudio de los procesos verbales (cognición).

Las terapias de tercera generación en gran medida suponen una recuperación de los conceptos de la primera como son la conducta verbal skinneriana, entender la conducta como contingencia de tres términos, el concepto de regla o el moldeamiento de la conducta verbal como potente técnica para que se dé el cambio clínico.

Asimismo, realizan contribuciones novedosas como son la perspectiva contextual, la conceptualización de la relación terapéutica como un contexto para generar el cambio clínico, el rechazo de los sistemas diagnósticos (proponiéndose dimensiones comunes transdiagnósticas) así como la búsqueda de principios generales del tratamiento en vez de técnicas específicas para cada problema.

En esta conferencia se señaló el peligro de “progresar” sin llegar a explicar operativamente los procesos responsables del éxito terapéutico y se alertó contra el uso de conceptos vagos o la propuesta de principios demasiado generales o que pretenden explicar más fenómenos conductuales de los que realmente consiguen. También se señaló el peligro de generar relaciones terapéuticas que sean inoportunas y en las que el terapeuta se erija (erróneamente) como modelo de conducta para el cliente.


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