¡Hijos a bordo! ¿Cómo cuidar la relación de pareja?

Cuando una pareja tiene su primer hijo, todo cambia en sus vidas y la propia relación tiene que adaptarse a esta nueva situación. Cada uno de los miembros asume un nuevo rol: el de madre o padre. La cantidad de desafíos que implica esta nueva etapa es tan grande que resulta fácil dejar en un segundo plano otras facetas de nuestra vida. La situación se complica cuando tenemos más de un hijo del que ocuparnos, pues cada vez nos requieren más tiempos y espacios que antes pertenecían a nuestra relación de pareja.

Durante los primeros meses e incluso años esta situación es hasta cierto punto normal y lógica. Es sano ser comprensivos con nosotros mismos y con nuestra pareja y entender que tenemos que darnos un tiempo para adaptarnos a los cambios y atender a otras prioridades. Sin embargo, conviene que estemos atentos para evitar que esta inercia se perpetúe hasta deteriorar nuestra relación. A medida que nos vamos haciendo cargo de la situación, creamos buenas rutinas o tenemos más habilidades es sano pararse a recordar cómo era nuestra vida antes de ser padres: ¿qué actividades o personas nos ilusionaban o nos ayudaban a desarrollarnos? Y, en concreto, cómo era nuestra relación de pareja y cuánto espacio ha perdido. Todo ello recordando que, como dice nuestra compañera Miriam Rocha, el amor es una tarea de valientes y guerreros y hay que estar dispuestos a trabajarlo día a día.

 

¿Cuáles son las principales amenazas para la relación de pareja tras tener hijos?

1. Falta de sueño

Las interrupciones frecuentes de sueño son algo normal y esperable durante los primeros meses de vida de los pequeños y esto lógicamente impide a los padres conciliar un sueño suficiente y de calidad durante esta etapa. Sin embargo, es un error asumir como normal la falta de sueño durante períodos de tiempo prolongados, ya que afectará negativamente a nuestro estado de ánimo, a nuestra salud y a nuestra capacidad para tomar decisiones.

Un sueño reparador y de calidad es esencial para todos los miembros de la familia, por lo que si las dificultades de sueño no se resuelven es muy aconsejable contar con ayuda profesional que os ayude a gestionarlas. Aquí puedes leer algunas pautas para favorecer el sueño de los más pequeños, pero si las dificultades se mantienen o acentúan insistimos en la conveniencia de pedir la ayuda de un profesional que os escuche y ayude adaptándose a vuestras circunstancias.

Aunque hayáis optado por el colecho o por compartir habitación con los pequeños inicialmente, recordad que cuando consideréis que ha llegado el momento tenéis derecho a recuperar la intimidad de vuestro dormitorio como espacio para la pareja y que es posible hacerlo de forma sana para todos los miembros de la familia. Un sueño reparador, así como un buen clima en la pareja, son claves fundamentales para el bienestar de toda la familia.

2. Cansancio y sobrecarga de tareas

La cantidad de cosas que tenemos que hacer aumenta cuando tenemos hijos. Al principio o en ciertos momentos o transiciones es normal que esto nos consuma mucho tiempo y nos deje agotados, pero no debemos resignarnos a que esta sea la tónica general. Hay cosas que podemos hacer para evitar sobrecargarnos de tareas que nos impidan dedicarnos tiempo a nosotros mismos y a nuestra pareja.

Probablemente puedas delegar en otras personas más tareas de las que pueda parecerte a primera vista. Hacer partícipe a los niños y adolescentes de las tareas que les corresponden así como de parte de las tareas comunes les ayudará a aprender habilidades y a ser más autónomos y responsables. Por ejemplo, según su edad puedes pedirles que se encarguen de mantener ordenado y limpio su cuarto o que se encarguen de poner o retirar la mesa o de sacar la basura. Probablemente pienses que pedirles que colaboren en estas tareas te va a dar más trabajo del que te quita, pero si lo haces con firmeza, constancia y cariño ellos acabarán aprendiendo y acostumbrándose, lo cual será bueno para todos.

Evita sobreimplicarte en actividades o tareas que deben ser responsabilidad de tus hijos. Por ejemplo, no hagas con ellos los deberes: tu responsabilidad cebe centrarse en crear un clima en casa que favorezca el estudio. Puedes ayudarles de manera puntual, pero son ellos quienes deben encargarse de saber qué tareas les corresponden cada día y aprender a llevarlas a cabo o hacer frente a las consecuencias en el colegio. Cuidado también con apuntar a tu hijo a numerosas actividades extraescolares, ya que puede llegar a ser estresante para él y para vosotros si tenéis que actuar como chóferes. Dejar tiempo libre para jugar, relajarse o estar en familia puede favorecer igual o más su desarrollo.

Aseguraos de hacer un reparto justo y equilibrado de las tareas domésticas y del cuidado de los hijos entre ambos miembros de la pareja. Esto facilitará que ninguno de los miembros esté sobrecargado y eliminará tensiones innecesarias entre vosotros.

3. Falta de comunicación o los niños como “monotema”

Como consecuencia de todo lo anterior, puede ser difícil encontrar tiempo para hablar en pareja. Se suele hablar delante de los hijos o dedicamos el tiempo en solitario a hablar de preocupaciones sobre los niños o las tareas pendientes. Nuestra pareja se ha convertido en la madre o el padre de nuestros hijos, y apenas hay momentos para vernos desde otros roles para hablar sobre nosotros mismos o de los intereses que antes compartíamos.

Es esencial que encontréis tiempo para conversar sobre temas que no involucren a los niños. Al principio puede resultar complicado, porque solemos hablar sobre lo que nos ocupa la mayor parte del día. Pero con práctica recuperaremos otros temas de conversación. Preguntaos cómo ha sido vuestro día, recordad anécdotas compartidas, hablad sobre temas de actualidad, comentad películas que hayáis visto o libros que hayáis leído… ¡Encontrad excusas para reíros juntos! Esto os resultará más fácil si ambos dedicáis parte de vuestra semana a hacer actividades o a hablar con personas ajenas a la familia.

También es importante encontrar momentos adecuados para hablar sobre las cosas que os molestan o que creéis que deberían cambiar. A veces vamos acumulando malestar a lo largo del tiempo hasta que llega un punto en el que estallamos de la peor manera posible, reprochando al otro muchas cosas o criticando su comportamiento de forma poco productiva. Y esto es aún peor cuando lo hacemos delante de los niños. Encontrad buenos momentos para practicar otra forma de hablaros. Aprovechad estas ocasiones para poneros en el lugar del otro y para entender cuáles son sus necesidades, sus sentimientos y sus preocupaciones, sin juzgar.

4. Discrepancias sobre la educación de los hijos

Los niños y adolescentes no vienen con manual de instrucciones. Además, están en constante cambio, lo que nos obliga a adaptarnos continuamente a ellos y a las circunstancias. Esto, sumado a presiones e intromisiones de nuestro entorno sobre cómo debemos hacer las cosas puede generar bastante estrés y conflicto, máxime si los miembros de la pareja tienen distintas ideas de cómo se debe educar a los hijos o actuar en ciertas situaciones.

Recordad que ambos tenéis derecho a manifestar vuestras opiniones y a tener vuestros propios estilos, que serán resultado de vuestras distintas historias vitales. Esto significa que debemos hablar con el otro desde el respeto e intentando entender su punto de vista y sus prioridades, sin pensar automáticamente que son peores que los nuestros. A partir de ahí, sí es bueno que sentéis unas bases comunes y que mantengáis un criterio similar en la educación de los hijos, ya que los niños y adolescentes se beneficiarán de vuestra coherencia y esto evitará tensiones innecesarias en la pareja.

Si tras hablarlo no conseguís llegar a un acuerdo u os cuesta poner en práctica las ideas que tenéis, puede ser un buen momento de pedir ayuda a un psicólogo con experiencia en estos temas, quien os mostrará formas más eficaces de promover cambios saludables en vuestros hijos. Un buen profesional os ayudará a dar los pasos necesarios con seguridad y a que ello contribuya al buen clima de la pareja.

5. Desacuerdos con la familia extensa

Una fuente de estrés habitual en la pareja con hijos es la relación con la familia de uno y otro progenitor. Esto cobra especial relevancia en la actualidad, puesto que las condiciones económicas y laborales nos obligan muchas veces a contar con el apoyo de los abuelos u otros familiares, quienes acaban desempeñando un papel importante en la educación de los hijos y en ocasiones forman parte de nuestra rutina diaria. Los desacuerdos en la forma de gestionar situaciones cotidianas con los niños, así como conflictos o tensiones por cualquier otro motivo, pueden provocar bastante tensión en la pareja.

Ante esto, es importante que exista acuerdo y coherencia entre ambos padres, tal y como veíamos en el punto anterior. Partiendo de esta base, suele ser recomendable que cada progenitor se encargue de gestionar las situaciones conflictivas con su propia familia, pues cualquier petición o crítica será probablemente mejor acogida si viene de un familiar directo y evitaremos generar estrés o incomodidad en nuestra pareja. Es importante que ambos sintáis y comprobéis que contáis con el apoyo del otro.

A la hora de pedir un cambio a nuestros familiares conviene que partamos desde la gratitud, reconociendo abierta, explícita y frecuentemente a nuestros familiares la valiosa ayuda que nos prestan y el papel importante que desempeñan en nuestra vida y la de nuestros hijos. También conviene tener cierta flexibilidad, pues es natural que otras personas tengan formas distintas de hacer las cosas y todos tendremos que adaptarnos a las rutinas, preferencias o decisiones de los demás. No obstante, en aquellos temas que sí consideremos importantes o necesarios es fundamental que seamos asertivos, explicando con claridad y firmeza (pero con amabilidad y tranquilidad) nuestras necesidades y cómo queremos que se hagan las cosas con nuestros hijos, pues en definitiva nosotros somos los padres y la forma de educarlos y cuidarlos es nuestra responsabilidad.

6. Dar por sentada a la pareja y focalizarnos en lo negativo

Al principio de la relación, todos los tiempos eran para la pareja. Os cuidabais más para la otra persona y todo era novedoso. Tal vez viajabais más, pasabais más tiempo con vuestros amigos, teníais más aficiones o proyectos personales… y por tanto más temas de conversación o tiempos de diversión compartidos. Ya dice la sabiduría popular que "la confianza da asco", y aunque esto es algo que podemos (y debemos) evitar, es cierto que con el tiempo tendemos a descuidar nuestra apariencia, nuestros gestos, nuestra forma de hablar a la otra persona… y todo ello contribuye a que la relación ya no tenga el mismo color que antes.

Poco a poco nos hacemos más conscientes de los errores o defectos de nuestra pareja y de las cosas que nos molestan, hasta que llega un punto en el que nos cuesta ver lo positivo, aquello que nos enamoró o nos llevó a tomar la decisión de estar con esa persona. Con certeza muchas de las cualidades de nuestra pareja siguen estando ahí, pero hemos perdido la capacidad de verlas.

Haced un esfuerzo diario de descubriros el uno al otro haciendo cosas que os gustan. Por ejemplo, podéis dedicar 5 minutos antes de dormir a deciros el uno al otro cosas agradables que os habéis visto hacer durante el día. Daos las gracias o dedicaos un guiño o una sonrisa cuando la otra persona haga algo positivo o agradable. Decíos algo bonito de manera inesperada (p. ej., “qué guapo estás hoy”, “me gusta lo cariñoso que eres con el niño”…).

No asumas que ese tipo de gestos son “lo normal”, pues seguir queriéndonos y cuidándonos en pareja requiere un esfuerzo y una apuesta diaria por la otra persona. El cariño y el cuidado mutuo es algo valioso y extraordinario que debemos cultivar.

7. La intimidad, el cariño y la sexualidad se resienten

Al principio de una relación es normal que el erotismo fluya con más facilidad y que dediquemos más tiempo al sexo. Es importante entender que la relación cambia con el tiempo y las circunstancias y que tener menos deseo o sentimientos menos intensos no significa que ya no nos queramos o que no nos guste la otra persona. El deseo sexual se puede cultivar pero requiere tiempo e implicación por ambas partes.

La sexualidad comienza fuera de la cama, tratándonos bien y teniendo gestos y expresiones de cariño. Todo esto sienta las bases para que la sexualidad comience a fluir. El siguiente paso puede ser encontrar tiempo para erotizarnos, fantasear en privado y en pareja, fijarnos en aquello que nos atrae del otro, recordar momentos de intimidad, etc.

Es verdad que encontrar tiempo para las relaciones sexuales cuando hay hijos puede ser complicado. Si es necesario, no dudéis en programar vuestros encuentros sexuales, ya que esperar a que surjan espontáneamente puede ser misión imposible en ciertos casos. Pedid ayuda a otras personas para que os permitan tener tres horas de intimidad a la semana, y luego utilizadlas para cuidaros el uno al otro de la manera que os apetezca y sin presiones.

Con los embarazos, el estrés, las dificultades de pareja, los cambios hormonales, etc. es normal que cueste retomar o mantener las relaciones sexuales y que surjan ciertas dificultades. Si este es vuestro caso, no tengáis miedo de acudir a un profesional que os pueda ayudar a mejorar este aspecto tan importante de vuestra relación y a encontrar una forma de vivir la sexualidad que se adapte a las personas que sois en esta etapa de vuestras vidas.

8. Problemas económicos

Las tensiones económicas y laborales derivadas de la gran cantidad de gastos que supone tener hijos puede ser una importante fuente de tensión en la pareja. Aunque este tema no siempre es fácil de manejar, una buena forma de empezar es sentaros a hablar y a analizar objetivamente los problemas, sin culpas y siendo conscientes de la situación, prioridades y preocupaciones de uno y otro. Tener una estrategia clara con respecto al dinero es importante en estos casos, así como llegar a acuerdos en común.

Tomar conciencia (con datos concretos) de la situación y empezar a poner en práctica cambios graduales puede ayudaros. Por ejemplo, podéis identificar en qué se os va más dinero del que pensabais y reducir ciertos gastos. Para eso es útil acostumbraros a repasar y examinar los recibos y los movimientos bancarios de manera regular. También podéis decidir renunciar a ciertas cosas y cambiarlas por otras cosas que también os aporten mucho bienestar a menos precio. O podéis valorar otras decisiones más drásticas (p. ej., cambio de trabajo o de residencia) de manera calma y dialogada.

9. Inercia

En definitiva, lo que sucede muchas veces es que con tanto estrés, rutinas y preocupaciones entramos en “modo piloto automático” y no nos paramos a pensar en cómo está la salud de nuestra relación, excepto en ciertos momentos en que tomamos distancia y vemos con pena cómo va perdiendo fuerza, pero que enseguida se olvidan y pasamos a la siguiente urgencia que tengamos que resolver.

Romper esta inercia, pararnos a hacer un análisis de la situación, identificar las causas y empezar a poner soluciones, poco a poco y con mucha paciencia (todo cambio lleva su tiempo) es el primer paso para revitalizar vuestra relación. Probablemente no vuelva a ser como era antes, pero puede ser aún mejor y más completa, nutriéndose de las nuevas personas que están en vuestra vida y de todas las experiencias vividas para conoceros más y apoyaros mejor. Podéis programar un ratito a la semana o al mes para hacer balance y llegar a pequeños acuerdos que os ayuden a volver a priorizar vuestra relación.

Este proceso no siempre es fácil, y sabemos que muchas de las sugerencias que proponemos son complicadas de poner en práctica y no siempre sabemos por dónde empezar. Afortunadamente existen profesionales que pueden ayudaros a buscar estrategias adaptadas a vuestras circunstancias particulares, a reconectar y a volver a tomar las riendas de vuestra relación.


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