Cuando el algoritmo educa: el impacto psicológico de los nuevos gurús de la salud

Actualmente, los influencers son los principales referentes, promoviendo mensajes de éxito rápido y autosuperación que parecen accesibles para todos, pero que son reduccionistas. Estos discursos generan motivación y sensación de control, pero también fomentan culpa, autoexigencia y la búsqueda constante de soluciones, atrapando a las personas en un ciclo de comparación y frustración.

El nuevo ecosistema de referentes: Influencers que prometen el éxito

En los últimos años, con el auge de las redes sociales, las figuras de referencia para adolescentes, y también para muchos adultos, han cambiado radicalmente. Antes, los modelos sociales se encontraban en revistas, series o estrellas de música. Hoy en día, los referentes son los influencers cuya fama ha sido adquirida a través de plataformas como Instagram o TikTok.

En su mayoría, son personas jóvenes y accesibles, que hablan como si fueran parte del mismo grupo de amigos, grabando desde diferentes contextos como su habitación, el gimnasio o el coche, lo que permite crear una ilusión de vínculo más estrecho con sus seguidores. Esta cercanía construye un marco de credibilidad y la sensación de que no hay distancia: si ellos pueden, tú también.

Los influencers actuales no solo comparten modas, videos de humor o estilos de vida; sino que tratan de influir en las opiniones, comportamientos y decisiones de otras personas. De esta manera, generan marcos verbales con un impacto positivo gracias a la percepción de confianza, experiencia y atractivo. Estas reglas verbales —es decir, normas o instrucciones expresadas en palabras que describen consecuencias de determinadas conductas— indican cómo se “debe” vivir y qué comportamientos conducen al éxito personal. Esta relación entre lo que debemos hacer y lo que podríamos conseguir, permite moldear el comportamiento sin necesidad de aprender por experiencia directa. Sus mensajes suelen ser directos, contundentes y muy fáciles de digerir: “Haz lo que yo hago y conseguirás lo que yo tengo”.

Con mensajes de este estilo, los influencers promueven atajos a resultados complejos, como altos ingresos, bienestar emocional o un estatus elevado, sin mostrar que en la realidad todo ello depende de múltiples factores. Asimismo, hacen entender que el éxito se presenta como algo simple, lineal y accesible para cualquiera, siempre que se sigan estrictamente las reglas que ellos proponen, lo que puede generar la ilusión de que basta imitar al modelo para obtener los mismos resultados. Sin embargo, genera expectativas poco realistas y actúa más por la obediencia a normas externas que por la experiencia directa y personal de cada individuo.

Esta narrativa encaja especialmente en la adolescencia, dado que se trata de un periodo en el que se produce un crecimiento personal para pasar de la niñez a la edad adulta. En esta etapa se empieza a construir la personalidad e identidad. Por esto, la aceptación del resto y el sentido de pertenencia a un grupo es de gran importancia, lo que les hace especialmente vulnerables a distintas influencias que dictan tendencias y formas de comportarse.

Además, el algoritmo de las redes sociales actúa como un dispensador de reforzamiento de conductas, como el visionado continuo de contenido y el aumento de permanencia en las plataformas, mediante la presentación constante de contenido novedoso, mensajes llamativos y que son capaces de elicitar emociones intensas. De esta manera, mensajes que antes habrían pasado desapercibidos, como la productividad sin descanso, la disciplina perfecta, la motivación constante, los cambios físicos rápidos o hacerse rico en poco tiempo, ahora se convierten en reglas verbales que dirigen nuestra conducta.

En conclusión, la combinación es potente: referentes que parecen reales y alcanzables, discursos de autosuperación extrema que se han normalizado y un algoritmo dispuesto a repetirlo todo hasta convertirlo en “lo que todo el mundo piensa”. En este contexto, no sólo se consume entretenimiento; sino que también se consumen modelos que moldean conductas, aspiraciones y formas de entender el propio valor.

Por qué estos mensajes impactan tanto: una mirada desde la conducta humana

Para entender el éxito de estos discursos, es importante no limitarse a mirar el contenido, sino que es necesario comprender qué funciones cumplen en la vida de quienes los consumen. Entre las distintas funciones se destacan las siguientes: reducen la incertidumbre ofreciendo reglas simples y directivas, alivian el malestar a corto plazo que genera tener que decidir o enfrentarse a procesos más complejos y proporcionan una sensación de control mediante modelos altamente reforzantes que prometen soluciones rápidas o un éxito asegurado. Esto permite a los usuarios evitar el contacto con la experiencia directa, que suele implicar esfuerzo, duda o frustración.

Estas reglas indican “qué hacer” para obtener supuestos refuerzos: éxito, aprobación social, buena apariencia física y bienestar emocional. Cuando alguien parece conseguir resultados positivos siguiendo ciertas pautas, tiene lugar un aprendizaje vicario, es decir, se observa una conducta y sus consecuencias aparentes, aumentando las probabilidades de replicarla. No porque sea necesariamente eficaz, sino porque se entiende que si a una persona le ha funcionado, hay probabilidades de poder conseguirlo.

Sin embargo, a largo plazo puede resultar contraproducente por las consecuencias que se dan. En primer lugar, aparece la culpa: cuando no se consiguen los resultados que se han prometido, se tiende a asumir que la responsabilidad recae en la falta de esfuerzo de la persona que consume este contenido, es decir, prima el locus de control interno en el momento de fracaso.

A consecuencia de esta culpabilidad surge una mayor autoexigencia. De este modo, cada error se interpreta como una señal de incompetencia, como prueba de que debería esforzarse más y mejorar su rendimiento.

Por esa razón, se buscan nuevas reglas y soluciones que den coherencia verbal a su propósito, consumiendo cursos, métodos o consejos que prometen ser “la clave definitiva” para lograr el objetivo. La expectativa de que el siguiente recurso dé resultado parece justificar el esfuerzo, pero en realidad sólo mantiene el patrón: cuanto más se busca, más incompetente se siente la persona por no lograr resultados estables.

Por lo tanto, la culpa, la autoexigencia y la búsqueda de nuevas reglas se retroalimentan entre sí y mantienen la sensación de que nunca es suficiente.

La trampa del discurso meritocrático

Muchos de estos discursos de los influencers se construyen alrededor de una idea que suena idílica y a la vez alcanzable, pero que realmente esconde una trampa psicológica: la narrativa meritocrática.

La meritocracia es la idea de que todos los éxitos dependen del propio esfuerzo, de la disciplina y de la capacidad para gestionar emociones. Resulta atractivo porque promete control en un contexto lleno de incertidumbre, sin embargo, se suele ignorar la influencia del contexto: la clase social, el acceso a recursos, las redes de apoyo, la historia de aprendizaje, las condiciones laborales, la estabilidad económica, etc. Cuando estas variables quedan excluidas, la responsabilidad de los logros y el bienestar recae únicamente en el individuo. Por ejemplo: ante un caso de ansiedad laboral en muchas ocasiones se le propone a la persona gestionar mejor sus emociones, dejando al margen diferentes cuestiones como las condiciones estructurales, la precariedad, la sobrecarga o la imposibilidad de llegar a algún acuerdo con otros trabajadores.

Este fenómeno también se ve reflejado en las redes sociales, un espacio donde muchas figuras, desde psicólogos hasta coaches motivacionales, comparten mensajes inspiradores, anécdotas y explicaciones simplificadas de procesos psicológicos complejos y multicausales. La divulgación se adapta al formato breve, emocional, accesible y viral. Y aunque esto facilita que la psicología llegue a más personas, también fomenta explicaciones reduccionistas en las que el énfasis se pone en la necesidad de cultivar la mente, hábitos positivos o alejarse de “personas tóxicas”, mientras que los determinantes contextuales quedan excluidos.

Un ejemplo ilustrativo de un modelo reduccionista biologicista es el caso de Marian Rojas, cuya divulgación es seguida por millones de personas. Su mensaje pone énfasis en la responsabilidad individual y la capacidad de transformar tu propia vida. Esto puede resultar motivador para muchas personas, pero también ha recibido críticas que señalan que se formula una visión de la psicología bastante cercana al coaching motivacional y se simplifican fenómenos complejos que en un contexto clínico requieren un análisis mucho más profundo.

En una reciente entrevista, Rojas explica que estar cerca de personas que te aportan paz y alegría ayuda a liberar oxitocina, también conocida como la hormona del vínculo. Esta hormona reduce el estrés, fomenta el bienestar y hace que el mundo parezca un lugar mejor. Estas declaraciones pueden ser peligrosas porque además de ignorar el contexto, proceden de una figura de autoridad cuyo prestigio como psiquiatra y divulgadora hace que el contenido del mensaje se perciba como algo científicamente sólido. La mención de la oxitocina, aun cuando se utiliza de forma imprecisa, parece ofrecer legitimidad que hace que el mensaje cale con más fuerza, sobre todo entre personas vulnerables que buscan respuestas rápidas o explicaciones aparentemente científicas a su malestar.

Ejemplo real: cursos tipo Llados y la ilusión de control

Un caso ilustrativo de cómo funcionan estos mensajes motivacionales extremos es el de Amadeo Llados, un influencer que merece la pena destacar, dado que su mensaje ha llegado a la mayoría de jóvenes de este país al documentar su historia personal y presumir de una vida llena de lujos. LLados ha promocionado el curso de “Tu1Millón” prometiendo a sus seguidores el mismo éxito que él en el menor tiempo posible. Los objetivos de este son promover un estilo de vida fitness, entrenar y comer de manera “saludable”, ser productivo el 100% de tu tiempo y eliminar cualquier vicio o distracción, todo llevado al extremo. Algunas de sus frases más destacadas son: “si mi mujer se pone gorda, la dejo”, “dormir 8 horas es de pobres”, “tu vida es una mierda porque estás gordo y no haces dinero”.

La explicación detrás de esta propuesta es directa y poderosa: si tienes disciplina, alcanzas una productividad extrema; si tienes productividad extrema, alcanzas el éxito.

Es un sistema que parece ofrecer un camino seguro hacia el logro personal, pero que oculta otras complejidades de la vida real como los factores sociales o la variabilidad individual.

Asimismo, también promueve el factor de identidad dentro de un grupo, dado que cuenta con la creación de un lenguaje común entre sus seguidores. Estas expresiones no sólo generan un sentido de unidad, sino que también delinean una clara separación con respecto a aquellos que no forman parte de este.

Elige tu propio camino, no lo que dicte el algoritmo

Tras analizar cómo funcionan los mensajes de los influencers, los cursos motivacionales y los discursos de autosuperación extrema, es importante concluir que, no se trata de evitar a los influencers ni de renunciar a consumir contenido en redes, sino de aprender a relacionarnos de forma consciente con lo que vemos.

Cada persona cuenta con un contexto, unas capacidades y unas necesidades diferentes. Por ello, el verdadero crecimiento se da al conocer nuestra propia historia de aprendizaje, aprender a relacionarnos de una manera funcional con nosotros mismos y con el contexto, y construir un camino propio, basado en los valores de cada uno y en unas metas realistas.

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