Redes sociales y adolescencia: lo que vemos… y lo que pasa por dentro

Los adolescentes de hoy en día no conocen un mundo sin pantallas. Su vida social, emocional y académica transcurre entre notificaciones, chats, publicaciones y ‘reels’. Las redes sociales no son un accesorio: son el escenario principal donde se experimenta la amistad, la pertenencia y la identidad.

Sin embargo, esta conexión que inunda todos los aspectos de sus vidas trae consigo una paradoja: nunca habían estado tan comunicados, y, sin embargo, tantos jóvenes se sienten solos, ansiosos e inseguros. Esta contradicción ha llamado la atención de investigadores, quienes han ahondado en conocer cómo las redes moldean el desarrollo adolescente. Los resultados desvelan un impactante panorama que, cuanto menos, invita a reflexionar.

Las redes sociales: un peligroso laboratorio de identidad

La adolescencia es una etapa clave del desarrollo marcada por la importancia de construir una identidad, es decir, de responder a preguntas como “¿quién soy?” o “¿cómo quiero ser visto?”. En esta búsqueda, la comparación social con sus iguales cobra un papel fundamental, entre los 12 y los 18 años aproximadamente, poniéndose en su centro de prioridades la integración y aprobación de estos.

Las redes sociales amplifican estos procesos. Plataformas como Instagram, TikTok o Snapchat se convierten en escenarios de autoexpresión, validación social y, en definitiva, en un espacio importante para el desarrollo de la identidad. Sin embargo, también exponen a los adolescentes a dinámicas de comparación social y presión del grupo de iguales.

Se ha observado que la exposición constante a perfiles de personas consideradas “más atractivas” o “más exitosas” fomenta una percepción más negativa de uno mismo y del propio cuerpo. El sentimiento de que los demás son más felices o exitosos está asociado a la disminución de la autoestima. Además, favorece el “FOMO” (Fear of Missing Out o miedo a perderse algo), palabra tan usada y reconocida entre adolescentes. Este miedo a no ser parte de las vivencias que observan que tienen sus iguales está vinculado a un mayor uso de redes sociales ya que les empuja a revisarlas constantemente, incluso a costa del sueño o la concentración.

Además, la prevalencia de problemas de salud mental ha aumentado a la vez que lo ha hecho el uso de redes sociales. Se ha observado un incremento en los sentimientos de soledad, tristeza y desesperanza, así como en la aparición de síntomas de ansiedad y depresión y autolesiones.

También se ha observado que el uso frecuente de redes sociales se asoció con un aumento de casos de víctimas por acoso, sentimientos persistentes de tristeza y desesperanza. De hecho, adolescentes que pasan más de tres horas diarias en redes sociales tienen mayor riesgo de padecer problemas de salud mental.

Asimismo, parece que a mayor uso de las redes sociales mayor angustia mental y tendencia suicida (pensamientos suicidas, intentos de suicidio y suicidios consumados). Estos incrementos son especialmente marcados entre las adolescentes.

En definitiva, el uso abusivo de redes sociales impacta no solo en los resultados académicos y en la calidad del descanso de los jóvenes; también lo hace en su salud mental.

¿Es común el uso abusivo y perjudicial de redes sociales?

Según el Observatorio Nacional de Tecnología y Sociedad el 94,7% de jóvenes entre 10 y 15 años usó internet en los últimos meses y el 70,6% de menores tiene teléfono móvil.

Estos datos pueden parecer elevados incluso teniendo en cuenta la importancia que tiene en esta etapa la validación social y la relevancia que tienen para ello las redes sociales. Sin embargo, a ello hay que añadir que publicar, comentar o recibir un “me gusta” activa circuitos de recompensa cerebral similares a los implicados en el placer o la motivación. Esto explica que las redes sociales generen tanta dependencia, especialmente en cerebros en desarrollo como los de los adolescentes, dando mayor sentido a las estadísticas.

Pero, ¿qué ocurre en el cerebro adolescente?

El cerebro adolescente atraviesa un proceso de reconfiguración: el sistema límbico (emocional y de recompensa) madura antes que la corteza prefrontal (racional y de autocontrol). Esto implica mayor sensibilidad a la recompensa y menor regulación del impulso.

Las redes sociales explotan esta descompensación al ofrecerles estímulos muy atractivos justo cuando su autocontrol todavía está desarrollándose. Uno de los elementos que las hace tan deseables es el tipo de recompensa que ofrece: inmediata, intermitente y variable. Este tipo de refuerzo es tan potente porque usa los principios de la psicología conductual, al igual que lo hace una máquina tragaperras. Nunca sabes cuándo vendrá el próximo like o comentario en tu post, y es esa impredecibilidad la que mantiene la conducta de comprobación constante y la que hace que les sea tan difícil no estar pendientes del móvil.

También es importante el refuerzo social que ofrecen las redes. Su diseño promueve interacciones que facilitan la aprobación social y sensación de pertenencia. Dado que este tipo de validación tiene especial importancia en la adolescencia, muchos jóvenes tienden a esforzarse por obtener ese reconocimiento.

Con el tiempo, esta búsqueda constante de recompensas y aprobación social transforma el uso de redes sociales ocasional, consciente y de ocio en un comportamiento automático y habitual. Este tipo de uso favorece un desequilibrio entre el sistema impulsivo (que busca recompensa) y el del autocontrol, pudiendo derivar en un comportamiento compulsivo.

A partir de este momento se genera un ciclo difícil de romper, ya que el adolescente se sentirá irritable, tenso o de mal humor si no revisa sus redes sociales, fomentando que la conducta se mantenga por evitar ese malestar más que por conseguir una recompensa agradable. Este cambio en el origen de la motivación para usar las redes es clave al fomentar que el adolescente aprenda que estas son útiles para evitar o escapar de estados de ánimo negativos. Como consecuencia, aumenta la frecuencia con la que recurren a ellas cuando experimentan emociones desagradables en su vida cotidiana.

Sin embargo, aunque esta estrategia para lidiar con el malestar es eficaz a corto plazo, dificulta que aprendan estrategias de regulación emocional adaptativas y eficaces a largo plazo. Esto complica la resolución real de sus problemas y refuerza el patrón de recurrir a las redes sociales ante cualquier sentimiento de malestar.

En definitiva, en etapas iniciales el comportamiento es impulsado por la gratificación y expectativas de recompensa (estatus, entretenimiento…), pero, con el tiempo, el motivo principal del uso de redes se desplaza al alivio o escape de emociones negativas. Esto fomenta que no se desarrollen estrategias de afrontamiento adecuadas, alimentando el ciclo de abuso de redes sociales.

Por eso, hablar de “adicción a las redes” no es una exageración retórica: algunos estudios proponen que el uso problemático comparte mecanismos con otras adicciones conductuales.

En consecuencia, la relevancia de las redes sociales en la construcción de identidad de los jóvenes y su necesidad de comparación y aprobación por parte de sus iguales, junto con su funcionamiento cerebral y el diseño de las redes favorece que se sientan atraídos por ellas facilitando su uso perjudicial y consecuentes efectos dañinos. Sin embargo, no todo uso frecuente implica adicción ni implica problemas de salud mental. La clave está en la pérdida de control y la interferencia con otras áreas vitales (sueño, estudios, relaciones presenciales).

No todo es negativo: los beneficios de las redes sociales

Ante los riesgos que conllevan las redes sociales, puede parecer lógico prohibírselas. Pero presentarlas como un enemigo o apartar por completo a los adolescentes de ellas ignora la realidad de que las redes son parte de su mundo, de su forma de comunicarse, aprender y pertenecer.

Al ser prohibitivo con su uso eliminas un espacio que, de ser usado de manera equilibrada y consciente, puede suponer efectos positivos sobre su bienestar psicológico.

Entre los beneficios se incluye la capacidad de conectarse con amigos y familiares o encontrar apoyo y un espacio seguro para que interactúen grupos marginados (por ejemplo, la comunidad LGBTQ+). También suponen un espacio que facilita superar la timidez y disminuir los sentimientos de soledad cuando las usan para compartir experiencias personales o recibir apoyo. Además, permiten tener interacciones grupales y experiencias que no se podrían dar de manera presencial.

Otro aspecto reseñable es que pueden ser un medio para trabajar su salud mental. Por ejemplo, la exposición a relatos personales de recuperación en estas redes puede reducir la ideación suicida. También permiten que los jóvenes puedan apoyarse entre ellos, lo que resulta mutuamente beneficioso ya que brindar apoyo a otros en línea puede conducir a mejoras en la propia salud mental y en estrategias de afrontamiento.

Estos beneficios muestran que las redes sociales no son solo un riesgo; sus efectos dependen, en gran medida, de cómo, por qué y para qué se usan. Aun así, los riesgos son reales y no deben minimizarse. De hecho, algunos estudios han encontrado que restringir o retrasar el acceso a los teléfonos inteligentes puede tener efectos positivos, como la menor demanda de atención sanitaria por síntomas psicológicos y la reducción del acoso, además de mejoras en el rendimiento académico.

A pesar de los beneficios de prohibir completamente las redes o el uso del móvil, esta no deja de ser una solución parcial que pasa por alto que el mundo digital es parte de su contexto, de su mundo social. Por eso, en vez de demonizarlas, quizá el reto esté en enseñarles a usarlas con conocimiento, con el objetivo de fomentar sus efectos positivos y reducir los, sin duda existentes, efectos negativos. Para ello, necesitamos ayudarles a desarrollar las habilidades necesarias, que incluyen desde herramientas para desenvolverse adecuadamente en las redes hasta la identificación y gestión de emociones. Pero ¿cómo se hace?

Claves para un uso saludable de las redes sociales

Como hemos visto, las redes sociales son una moneda de dos caras: la de la oportunidad de construcción de identidad, autoexpresión y validación social, pero también la del comportamiento compulsivo, disminución de la capacidad de concentración y desregulación emocional y del sueño.

La buena noticia es que el lado del que caiga la moneda no tiene por qué depender del azar si uno tiene el conocimiento y las herramientas necesarias. Para ello, la psicología pone a disposición de padres estrategias clave:

Enséñales a usarlas con responsabilidad

Antes de dejarles abrir su primera cuenta, elige la red social adecuada según su edad y madurez.

Una vez creado el perfil ayúdales a configurarlo de forma segura y habla con ellos sobre el porqué de las siguientes decisiones:

  • Establecer el perfil privado y compartir tus publicaciones solo con tus contactos.

  • Limitar los mensajes y comentarios solo a sus contactos. Enséñales a contactar solo con personas que conocen y en quién confían (compañeros y familiares) y explícales cómo identificar solicitudes extrañas o mensajes incómodos.

  • Minimizar, denunciar y eliminar la exposición de los adolescentes a contenido en las redes sociales que represente comportamientos ilegales, psicológicamente desadaptativos o “ciber odio”

  • Revisar las opciones de publicidad personalizada.

También es importante hablar con ellos sobre cómo impactan sus propias publicaciones. Cada foto, vídeo o comentario genera un impacto en las personas que lo ven. Enséñales a publicar con respeto, a pedir permiso antes de subir una foto de alguien y a eliminarla si esa persona cambia de opinión. La gestión conjunta de la privacidad y el entendimiento de la huella digital (todo lo que se publica permanece) es la mejor forma de prevenir riesgos y fomentar la autonomía responsable.

Apoya esta conversación reflexiva con recursos que fomenten su empatía y comprensión sincera.

Además, se les debe alentar a que usen las redes sociales para crear oportunidades que fomenten el apoyo social e intimidad emocional que pueda promover una socialización saludable.

Enséñales a pensar críticamente

Es importante fomentar la alfabetización mediática, es decir, su capacidad de evaluar el contenido y cuestionar su validez.

La alfabetización mediática reduce la desinformación al capacitar al adolescente para evaluar y cuestionar la veracidad de las publicaciones. También mitiga la relación negativa entre el uso de redes sociales y la imagen corporal y disminuye los efectos negativos de la comparación social.

Fomenta la autorregulación para evitar la adicción

Tu adolescente no tiene falta de voluntad; está luchando contra algunos de los mejores ingenieros del mundo. El cerebro adolescente, altamente sensible a las recompensas, es especialmente vulnerable al diseño adictivo de las redes sociales. Por eso, la mejor defensa no es prohibir, sino educar para que comprendan cómo funcionan.

Explícale que las aplicaciones están creadas para captar su atención pues cada notificación o vídeo sugerido activa pequeñas dosis de dopamina que refuerzan el impulso de seguir conectado. Cuando entiendan que luchan contra un diseño intencional la frustración por no poder desconectar disminuirá y la motivación para el autocontrol aumentará, siendo, para ello, muy importante fomentar su sistema reflexivo y disminuir el impulsivo.

Así, el objetivo final no es prohibir o ser nosotros los que les controlemos el tiempo de uso, sino ayudarles a que aprendan a controlarlo por sí mismos ya que la autorregulación (capacidad de detenerse, pensar y elegir) protege frente al uso problemático de redes.

Esto es necesario porque cuanto más restrictivos seamos con ellos menos autorregulación desarrollarán, y es una baja autorregulación la que aumenta el uso de redes. Además, como nosotros, ellos también necesitan sentir que son autónomos y cuando los padres aplican reglas restrictivas no sienten esa autonomía y tienden a romper las reglas, por lo que la prohibición también fomenta que las usen más.

La intervención parental más efectiva promueve la autorregulación y la autonomía del adolescente.

En cualquier caso, el uso apropiado de las redes sociales debe basarse en el nivel de madurez de cada adolescente (por ejemplo, habilidades de autorregulación, desarrollo intelectual y comprensión de los riesgos), y es recomendable una supervisión cercana en los primeros años y una cesión gradual de autonomía a medida que el adolescente madura. También es importante establecer de manera conjunta ciertas limitaciones y horarios para que el uso de redes sociales no interfiera con su sueño ni con su actividad física.

Por tanto, la autonomía debe darse gradualmente a medida que maduran y van adquiriendo habilidades de autocontrol y autorregulación, y no al revés. En todo caso, la supervisión debe equilibrarse con la necesidad de privacidad de los jóvenes.

Se un buen ejemplo

Tus hijos aprenden más de lo que ven que de lo que oyen. Si ven a sus padres revisar el móvil durante la cena, responder mensajes mientras les están hablando o mantener hábitos poco seguros en las redes, el aprendizaje con el que se quedará será ese. En estos casos, el ejemplo se integra más que cualquier conversación sobre el buen uso de redes sociales.

Los padres son modelos importantes para sus hijos, tanto para el uso saludable como para el problemático, por lo que el modelado positivo refuerza el correcto uso por parte del adolescente.

Acompáñalos día a día en su uso de redes sociales

Hablar de redes sociales no debería limitarse a cuando hay un problema. Interésate por su día a día en las redes sociales igual que lo haces por el colegio o sus amigos.

Pregúntales qué vídeos les hacen reír, a qué creadores siguen o cómo se sienten cuando usan determinadas redes. Estas conversaciones pueden ser una manera más cotidiana e informal de fomentar su seguridad en las redes pues, si alguna vez les pasa algo, ya habrás creado un clima de confianza en el que sabrán que pueden contártelo sin miedo a enfados ni juicios.

Herramientas de control parental (como apoyo, no como vigilancia)

Las aplicaciones de control parental pueden ayudarte a supervisar o limitar tiempos de conexión, pero deben ser una medida complementaria al desarrollo de habilidades, adquisición de herramientas y a vuestro acompañamiento cotidiano. Explícales que no se trata de espiar, sino de aprender juntos a equilibrar el tiempo de pantalla con otras actividades.

Aprende a reaccionar cuando algo les incomoda o tienen un problema

Las redes pueden ser espacios de conexión, pero también de conflicto o malentendidos. Si tu hijo está preocupado por algo que ha visto o recibido, recuerda escuchar primero y actuar después. Crea un clima de confianza, reafirmar tu apoyo incondicional y dale espacio para que te cuente qué le sucede. No reacciones con enfado y hazle saber que le vas a apoyar para resolver juntos la situación.

Enséñale estrategias ante estas situaciones: dejar de seguir si no queremos que nos lleguen más publicaciones de una persona; bloquear si no queremos que a alguien le llegue todo lo que compartimos, o no queremos que nos contacte con mensajes privados; ignorar y bloquear comentarios desagradables, sin entrar en discusiones sin sentido; reportar o denunciar si alguien se niega a quitar una foto nuestra, se hace pasar por nosotros, nos acosa con mensajes ofensivos o comparte contenidos dañinos o ilegales.

Ayudarlos a poner estos límites es una forma de fortalecer su autoestima y autonomía. Para ello, es útil trabajar con ellos habilidades de asertividad.

Hacia un uso de las redes sociales consciente y positivo

Las redes sociales forman parte de la vida adolescente y lo seguirán haciendo en su adultez, por lo que prohibirlas o negar su impacto sería ingenuo. La cuestión radica en el papel que les enseñamos a que tengan en su vida. En lugar de demonizarlas, se trata de integrarlas de manera saludable en la construcción de su identidad, favoreciendo la conciencia de su potencial riesgo y facilitándoles herramientas para que hagan un uso correcto de ellas.

En definitiva, el impacto de las redes sociales no depende exclusivamente del medio, también del usuario. Por ello, el reto no es desconectarse del mundo digital, sino conectarse consigo mismo dentro de él.

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Beatriz González Rodríguez

Psicóloga en formación sanitaria y profesora de Educación Primaria, con experiencia laboral en centros educativos y prácticas en contextos clínicos. Mi interés se centra especialmente en la intervención con niños y adolescentes desde una perspectiva cognitivo conductual. Mi cuenta de Instagram.